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Francisco Ferrer y la Escuela Moderna

Si Ferrer hubiera organizado realmente los motines, si hubiera luchado en las barricadas, si hubiera arrojado cien bombas, no habría sido tan peligroso para la Iglesia Católica y para el despotismo como lo fue con su oposición a la disciplina y la contención. Disciplina y contención: ¿no están acaso detrás de todos los males del mundo? La esclavitud, la sumisión, la pobreza, toda la miseria, todas las iniquidades sociales resultan de la disciplina y la contención. En verdad, Ferrer era peligroso. Por eso tuvo que morir, el trece de octubre de 1909, en el foso de Montjuic. Sin embargo, ¿quién se atreve a decir que su muerte fue en vano? En vista del tempestuoso surgimiento de la indignación universal: Italia dando nombres de calles a la memoria de Francisco Ferrer, Bélgica inaugurando un movimiento para erigir un monumento; Francia llamando al frente a sus hombres más ilustres para retomar el legado del mártir; Inglaterra siendo la primera en publicar una biografía; —todos los países uniéndose para perpetuar la gran obra de Francisco Ferrer; América misma, siempre rezagada en ideas progresistas, dando vida a una Asociación Francisco Ferrer, cuyo objetivo es publicar una biografía completa de Ferrer y organizar Escuelas Modernas en todo el país—; ante esta ola revolucionaria internacional, ¿quién hay que pueda decir que Ferrer murió en vano?

Esa muerte en Montjuic,—cuán maravillosa, cuán dramática fue, cómo conmueve al alma humana. Orgulloso y erguido, con los ojos del alma vueltos hacia la luz, Francisco Ferrer no necesitó de sacerdotes embusteros para cobrar valor, ni reprochó a un fantasma el haberlo abandonado. La conciencia de que sus verdugos representaban a una época moribunda, y de que la suya era la verdad viva, lo sostuvo en aquellos últimos momentos heroicos.

Una época moribunda y una verdad viva,

Los vivos enterrando a los muertos.

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