modo».2 Sí, y en el alma humana y en sus más recónditos rincones. Porque nada satisface tanto el ansia de la mayoría de las mujeres como el escándalo. ¿Y cuándo ha disfrutado ella jamás de oportunidades como las que ahora le pertenecen, las del
"Vidas notoriamente impuras y hombres vinculados a las cantinas".
Ciertamente, a las damas recolectoras de votos no se las puede acusar de tener mucha sentido de la proporción. Concediendo incluso que estas entrometidas puedan decidir qué vidas son lo suficientemente limpias para esa atmósfera eminentemente limpia que es la política, ¿debe deducirse necesariamente que los taberneros pertenecen a la misma categoría?
A menos que sea la hipocresía y la intolerancia estadounidenses, tan patentes en el principio de la Prohibición, las que sancionan la propagación de la embriaguez entre los hombres y mujeres de la clase rica, pero vigilan atentamente el único lugar que le queda al hombre pobre.
Si no por otra razón, la actitud estrecha y purista de la mujer ante la vida la convierte en un mayor peligro para la libertad allí donde detenta poder político. El hombre ha superado desde hace mucho las supersticiones que aún envuelven a la mujer. En el campo de la competencia económica, el hombre se ha visto obligado a ejercitar la eficacia, el juicio, la destreza, la competencia. Por lo tanto, no ha tenido ni el tiempo ni la inclinación de medir la moralidad de cada cual con un rasero puritano.
Tampoco en sus actividades políticas ha actuado con los ojos vendados. Sabe que la cantidad y no la calidad es la materia prima para el molino político, y, a menos que sea un reformador sentimental o un fósil anticuado, sabe que la política nunca podrá ser otra cosa que un cenagal.
Las mujeres que están algo familiarizadas con el proceso de la política conocen la naturaleza de la bestia, pero en su autosuficiencia y egotismo