extrañar que cientos de muchachas estén dispuestas a aceptar la primera propuesta de matrimonio, enfermas y cansadas de su «independencia» tras el mostrador, ante la máquina de coser o de escribir. Están tan dispuestas a casarse como las chicas de clase media, que anhelan quitarse de encima el yugo de la supremacía parental.
Una supuesta independencia que solo conduce a ganarse la más escasa subsistencia no es tan tentadora, ni tan ideal, como para esperar que la mujer lo sacrifique todo por ella.
Nuestra tan elogiada independencia no es, después de todo, sino un lento proceso de adormecimiento y sofocación de la naturaleza de la mujer, de su instinto amoroso y de su instinto maternal.
Sin embargo, la posición de la chica trabajadora es mucho más natural y humana que la de su hermana, aparentemente más afortunada, en las esferas profesionales de mayor cultura —maestras, médicas, abogadas, ingenieras, etc.—, que tienen que mantener una apariencia digna y decorosa, mientras su vida interior se va vaciando y muriendo.