que dudara de la justicia de la ira del pueblo; sino que su obra, su esperanza, su propia naturaleza estaban dirigidas hacia otra meta.
En vano son los esfuerzos frenéticos de la Iglesia católica, sus mentiras, falsedades, calumnias. Ella queda condenada por la conciencia humana despierta por haber vuelto a repetir los crímenes inmundos del pasado.
Se acusa a Francisco Ferrer de enseñar a los niños las ideas más espeluznantes; a odiar a Dios, por ejemplo. ¡Horrores!
Francisco Ferrer no creía en la existencia de un Dios. ¿Para qué enseñarle al niño a odiar algo que no existe? ¿No es más probable que sacara a los niños al aire libre, que les mostrara el esplendor de la puesta de sol, el brillo de los cielos estrellados, la maravilla imponente de las montañas y los mares; que les explicara a su manera sencilla y directa la ley del crecimiento, del desarrollo, de la interrelación de toda vida? Al hacerlo, hizo imposible para siempre que las hierbas venenosas de la Iglesia Católica arraigaran en la mente del niño.
Se ha dicho que Ferrer preparaba a los niños para destruir a los ricos. Cuentos de viejas solteronas. ¿No es más probable que los preparara para socorrer a los pobres? ¿Que les enseñara la humillación, la degradación, la monstruosidad de la pobreza, que es un vicio y no una virtud; que les enseñara la dignidad y la importancia de todos los esfuerzos creadores, los únicos que sostienen la vida y forjan el carácter?
¿No es esta la manera mejor y más eficaz de poner de manifiesto la absoluta inutilidad y el daño del parasitismo?
Por último, pero no por ello menos importante, se acusa a Ferrer de socavar al ejército inculcando ideas antimilitaristas. ¿De verdad? Debió de creer, junto con Tolstói, que la guerra es una matanza legalizada, que perpetúa el odio y la arrogancia, que devora el corazón de las naciones y las convierte en maníacos delirantes.