Así, Clifford G. Roe, ex-Fiscal de Estado adjunto del condado de Cook, Illinois, acusa abiertamente que chicas de Nueva Inglaterra son enviadas a Panamá para el uso exclusivo de hombres empleados por el Tío Sam. El Sr. Roe añade que «parece haber un ferrocarril subterráneo entre Boston y Washington por el que viajan muchas chicas».
¿No es significativo que el ferrocarril conduzca a la mismísima sede de la autoridad federal? Que el Sr. Roe dijera más de lo deseado en ciertos círculos queda demostrado por el hecho de que perdió su puesto. No es práctico que los hombres en el poder revelen secretos.
La excusa que se da respecto a las condiciones en Panamá es que no hay burdeles en la Zona del Canal. Esa es la vía de escape habitual de un mundo hipócrita que no se atreve a afrontar la verdad. Ni en la Zona del Canal ni dentro de los límites de la ciudad; por lo tanto, la prostitución no existe.
Junto al Sr. Roe está James Bronson Reynolds, quien ha realizado un estudio exhaustivo del tráfico de blancas en Asia. Como leal ciudadano estadounidense y amigo del futuro Napoleón de América, Theodore Roosevelt, es sin duda el último en desacreditar la virtud de su país.
Sin embargo, él nos informa que en Hong Kong, Shanghái y Yokohama se encuentran los establos de Augías del vicio estadounidense. Allí, las prostitutas estadounidenses se han hecho tan conspicuas que en el Oriente «chica americana» es sinónimo de prostituta.
El Sr. Reynolds recuerda a sus compatriotas que, mientras los estadounidenses en China están bajo la protección de nuestros representantes consulares, los chinos en América no tienen protección alguna. Todos los que conocen la brutal y bárbara persecución que chinos y japoneses padecen en la costa del Pacífico coincidirán con el Sr. Reynolds.