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Francisco Ferrer y la Escuela Moderna

En América ocurre justamente lo contrario. El republicanismo representa los derechos adquiridos, el imperialismo, el soborno, la aniquilación de toda apariencia de libertad. Su ideal es la respetabilidad untuosa y repugnante de un McKinley, y la arrogancia brutal de un Roosevelt.

Los rebeldes republicanos españoles fueron sometidos. Se necesita más de un valiente esfuerzo para partir la roca de los siglos, para cortar la cabeza de ese monstruo hidra, la Iglesia católica y el trono español. El arresto, la persecución y el castigo siguieron al heroico intento del pequeño grupo. Aquellos que pudieron escapar de los sabuesos tuvieron que huir en busca de seguridad a costas extranjeras. Francisco Ferrer estaba entre estos últimos. Se fue a Francia.

¡Cómo debió de haberse dilatado su alma en la nueva tierra! Francia, la cuna de la libertad, de las ideas, de la acción. París, el siempre joven, el intenso París, con su vida palpitante, tras la penumbra de su propio país rezagado; ¡cómo debió de haberlo inspirado! Qué oportunidades, qué gloriosa ocasión para un joven idealista.

Francisco Ferrer no perdió el tiempo. Como un hambriento se lanzó a los diversos movimientos liberales, conoció a toda clase de gente, aprendió, absorbió y creció. Estando allí, vio también en funcionamiento la Escuela Moderna, que habría de desempeñar un papel tan importante y fatal en su vida.

La Escuela Moderna en Francia se fundó mucho antes de la época de Ferrer. Su iniciadora, aunque a pequeña escala, fue esa dulce alma, Louise Michel. De manera consciente o inconsciente, nuestra propia y gran Louise sintió hace mucho tiempo que el futuro pertenece a las jóvenes generaciones; que a menos que los jóvenes sean rescatados de esa institución destructora de la mente y del alma que es la escuela burguesa, los males sociales seguirán existiendo.

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