La estrechez de la concepción actual sobre la independencia y emancipación de la mujer; el temor a amar a un hombre que no sea su igual social; el miedo a que el amor la despoje de su libertad e independencia; el horror de que el amor o la alegría de la maternidad solo supongan un obstáculo para el pleno ejercicio de su profesión: todo esto junto convierte a la mujer moderna emancipada en una vestal forzosa ante la cual la vida, con sus grandes dolores clarificadores y sus profundos y embriagadores goces, transcurre sin tocarla ni conmover su alma.
La emancipación, tal como la entienden la mayoría de sus adherentes y exponentes, tiene un alcance demasiado limitado como para permitir el amor sin límites y el éxtasis contenidos en la profunda emoción de la verdadera mujer, la enamorada, la madre, en libertad.
La tragedia de la mujer autosuficiente o económicamente libre no radica en tener demasiadas experiencias, sino muy pocas. Es verdad que supera a su hermana de generaciones pasadas en conocimiento del mundo y de la naturaleza humana; y es precisamente por esto por lo que siente profundamente la falta de la esencia de la vida, que es la única capaz de enriquecer el alma humana, y sin la cual la mayoría de las mujeres se han convertido en meros autómatas profesionales.
Que un tal estado de cosas tenía que llegar fue previsto por quienes comprendieron que, en el dominio de la ética, aún quedaban muchas ruinas decrépitas de la época de la superioridad indiscutible del hombre; ruinas que todavía se consideran útiles. Y, lo que es más importante, un buen número de emancipados son incapaces de prescindir de ellas. Todo movimiento que tenga como objetivo la destrucción de las instituciones existentes y su reemplazo por algo más avanzado, más