abolición se hubo convertido en un asunto práctico, reconocido como tal por todos.
Hace unos cincuenta años, una idea semejante a un meteoro hizo su aparición en el horizonte social del mundo, una idea tan de largo alcance, tan revolucionaria, tan abarcadora que sembró el terror en los corazones de los tiranos de todas partes.
Por otra parte, esa idea fue un presagio de alegría, de júbilo, de esperanza para los millones. Los pioneros conocían las dificultades en su camino, conocían la oposición, la persecución, las penurias que les saldrían al encuentro, pero orgullosos y sin miedo emprendieron su marcha hacia adelante, siempre hacia adelante.
Ahora esa idea se ha convertido en una consigna popular. Casi todo el mundo es socialista hoy:
- el hombre rico, así como su pobre víctima;
- los defensores de la ley y la autoridad, así como sus desafortunados culpables;
- el librepensador, así como el perpetuador de las falsedades religiosas;
- la dama elegante, así como la obrera textil.
¿Por qué no? Ahora que la verdad de hace cincuenta años se ha convertido en mentira, ahora que ha sido despojada de toda su imaginación juvenil, y ha sido privada de su vigor, de su fuerza, de su ideal revolucionario, ¿por qué no? Ahora que ya no es una bella visión, sino un «plan práctico y viable», que descansa en la voluntad de la mayoría, ¿por qué no?
Con la misma astucia y agudeza políticas, a la masa se la adula, se la malimaña, se la engaña a diario. Se canta su alabanza en muchas tonalidades: la pobre mayoría, la ultrajada, la maltratada, la mayoría gigante, con tal de que nos siga.