esferas, se habría enfrentado al mismo estado de cosas.
En ninguna parte se trata a la mujer según el mérito de su trabajo, sino más bien como un sexo. Por lo tanto, es casi inevitable que pague por su derecho a existir, por mantener un puesto en cualquier ámbito, con favores sexuales.
Así pues, es meramente una cuestión de grado el hecho de que se venda a un solo hombre, dentro o fuera del matrimonio, o a muchos hombres. Lo admitan o no nuestros reformadores, la inferioridad económica y social de la mujer es la responsable de la prostitución.
Justo en el presente, nuestra buena gente está escandalizada por las revelaciones de que solo en la ciudad de Nueva York, una de cada diez mujeres trabaja en una fábrica, de que el salario promedio que reciben las mujeres es de seis dólares por semana por cuarenta y ocho a sesenta horas de trabajo, y de que la mayoría de las trabajadoras asalariadas se enfrentan a muchos meses de inactividad, lo que deja el salario promedio en unos 280 dólares al año.
En vista de estos horrores económicos, ¿cabe extrañarse de que la prostitución y la trata de blancas se hayan convertido en factores tan predominantes?
Para que las cifras anteriores no se consideren una exageración, conviene examinar lo que algunas autoridades en materia de prostitución tienen que decir:
"Una causa prolífica de la depravación femenina se puede encontrar en las diversas tablas que muestran la descripción del empleo ejercido y los salarios recibidos por las mujeres antes de su caída, y será una cuestión para que el economista político decida hasta qué punto la mera consideración comercial debe ser una excusa por parte de los empleadores para una reducción en sus tasas de remuneración, y si el ahorro de un