Europa puede al menos jactarse de un arte y una literatura audaces que profundizan en los problemas sociales y sexuales de nuestro tiempo, ejerciendo una dura crítica de todas nuestras farsas. Como con el bisturí de un cirujano, cada cadáver puritano es disecado, despejándose así el camino para la liberación del hombre de los pesos muertos del pasado.
Pero con el puritanismo como freno constante de la vida estadounidense, ni la verdad ni la sinceridad son posibles. Nada más que penumbra y mediocridad para dictar la conducta humana, coartar la expresión natural y sofocar nuestros mejores impulsos.
El puritanismo en este siglo veinte es tan enemigo de la libertad y la belleza como lo era cuando desembarcó en Plymouth Rock. Repudia, como algo vil y pecaminoso, nuestros sentimientos más profundos; pero al ser absolutamente ignorante en cuanto a las funciones reales de las emociones humanas, el puritanismo es en sí mismo el creador de los vicios más indescriptibles.
Toda la historia del ascetismo demuestra que esto es, por desgracia, demasiado verdad. La Iglesia, así como el puritanismo, ha combatido la carne como algo malo; tenía que ser subyugada y oculta a toda costa. El resultado de esta actitud viciosa apenas empieza a ser reconocido por los pensadores y educadores modernos. Se dan cuenta de que «la desnudez tiene un valor higiénico, así como un significado espiritual, que va mucho más allá de su influencia para calmar la curiosidad natural de los jóvenes o actuar como preventivo de las emociones morbosas. Es una inspiración para los adultos que hace tiempo han superado cualquier curiosidad juvenil. La visión de la forma humana esencial y eterna, lo más cercano que tenemos en todo el mundo, con su vigor, su belleza y su gracia, es uno de los tónicos principales de la vida».1 Pero el espíritu del puritanismo ha pervertido de tal modo la mente humana que ha perdido el poder de apreciar la belleza de la desnudez,