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El sufragio femenino

Las mujeres de Australia y Nueva Zelanda pueden votar y ayudan a elaborar las leyes. ¿Son allí las condiciones laborales mejores que en Inglaterra, donde las sufragistas libran una lucha tan heroica?

¿Existe allí una maternidad mayor, niños más felices y libres que en Inglaterra? ¿Ya no se considera a la mujer un mero artículo sexual? ¿Se ha emancipado de la doble moral puritana para hombres y mujeres?

Ciertamente, nadie salvo la típica política mitinera se atreverá a responder afirmativamente a estas preguntas. Si eso es así, parece ridículo señalar a Australia y Nueva Zelanda como la Meca de los logros del sufragio igualitario.

Por otra parte, es un hecho para quienes conocen las condiciones políticas reales en Australia, que la política ha amordazado al movimiento obrero al promulgar las leyes laborales más estrictas, convirtiendo las huelgas sin la aprobación de un comité de arbitraje en un delito equiparable a la traición.

Ni por un momento pretendo dar a entender que el sufragio femenino sea responsable de este estado de cosas. Sí pretendo decir, sin embargo, que no hay razón para señalar a Australia como una obra milagrosa de los logros de la mujer, ya que su influencia ha sido incapaz de liberar al trabajo del yugo del clientelismo político.

Finlandia ha concedido a la mujer el sufragio igualitario; es más, incluso el derecho a ocupar un escaño en el Parlamento. ¿Ha ayudado eso a desarrollar un heroísmo mayor, un celo más intenso que el de las mujeres de Rusia? Finlandia, al igual que Rusia, sufre bajo el terrible látigo del sangriento Zar. ¿Dónde están las Perovskaias, las Spiridonovas, las Figners, las Breshkovskaias finesas? ¿Dónde están las innumerables jóvenes finesas que marchan alegremente a Siberia por su causa?

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