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El sufragio femenino

verdaderamente gigantesco esfuerzo puesto en marcha por aquellas valientes combatientes en pro de un miserable proyectito de ley que beneficiará a un puñado de damas propietarias, sin contemplar en absoluto a la inmensa masa de mujeres trabajadoras? Es verdad que, como políticas, deben ser oportunistas y aceptar medidas a medias si no pueden conseguirlo todo. Pero como mujeres inteligentes y liberales, deberían comprender que, si el voto es un arma, los desheredados lo necesitan más que la clase económicamente superior, y que esta última ya disfruta de demasiado poder en virtud de su superioridad económica.

La brillante líder de las sufragistas inglesas, la señora Emmeline Pankhurst, admitió ella misma, durante su gira de conferencias por América, que no puede haber igualdad entre superiores e inferiores políticos.

Si es así, ¿cómo podrá la mujer trabajadora de Inglaterra, que ya es inferior económicamente a las damas beneficiadas por el proyecto de ley Shackleton,4 trabajar con sus superiores políticos, en caso de que el proyecto sea aprobado?

¿No es probable que la clase de Annie Keeney, tan llena de celo, devoción y martirio, se vea obligada a cargar sobre sus espaldas a sus jefes políticos femeninos, tal como cargan a sus amos económicos? Todavía tendrían que hacerlo, incluso si se estableciera el sufragio universal para hombres y mujeres en Inglaterra. Hagan lo que hagan los trabajadores, siempre se les hace pagar. Aun así, quienes creen en el poder del voto muestran poco sentido de la justicia cuando no se preocupan en absoluto por aquellos a quienes, según afirman, más podría servir.

El movimiento sufragista americano ha sido, hasta hace muy poco, un asunto totalmente de salón, absolutamente ajeno a las necesidades económicas del pueblo. Así, Susan B. Anthony, sin duda un tipo de

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