sociales las condenan o bien a una vida de celibato o a la prostitución. La naturaleza humana se impone a pesar de todas las leyes, ni existe razón plausible alguna por la cual la naturaleza deba adaptarse a una concepción pervertida de la moralidad.
La sociedad considera las experiencias sexuales de un hombre como atributos de su desarrollo general, mientras que las experiencias similares en la vida de una mujer se ven como una terrible calamidad, una pérdida del honor y de todo lo que hay de bueno y noble en un ser humano. Este doble rasero de moralidad ha desempeñado un papel nada despreciable en la creación y perpetuación de la prostitución. Supone mantener a la juventud en la absoluta ignorancia sobre cuestiones sexuales, cuya supuesta «inocencia», junto con una naturaleza sexual sobreexcitada y reprimida, contribuye a propiciar un estado de cosas que nuestros puritanos están tan ansiosos por evitar o prevenir.
No es que la gratificación del sexo deba conducir necesariamente a la prostitución; es la persecución cruel, desalmada y criminal de quienes se atreven a desviarse de los caminos trillados la que es responsable de ello.
Niñas, meras criaturas, trabajan en habitaciones abarrotadas y sobrecalentadas de diez a doce horas diarias ante una máquina, lo cual tiende a mantenerlas en un estado sexual constantemente sobreexcitado. Muchas de estas niñas no tienen hogar ni comodidades de ninguna clase; por tanto, la calle o algún lugar de ocio barato es el único medio de olvidar su rutina diaria. Esto las pone naturalmente en estrecha proximidad con el otro sexo. Es difícil decir cuál de los dos factores lleva la condición hipersexual de la muchacha a su clímax, pero es sin duda lo más natural que de ello resulte un clímax. Ese es el primer paso hacia la prostitución. Tampoco se debe hacer a la niña responsable de ello. Por el contrario, es enteramente culpa de la sociedad, culpa de nuestra falta de comprensión, de nuestra falta de valoración de la vida en formación; especialmente es la culpa criminal de nuestros moralistas, que condenan