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La psicología de la violencia política

Y luego, en lo más profundo de la noche, intentó introducir de contrabando a su ejército de matones a sueldo de Pinkerton en Homestead, acto que precipitó la terrible carnicería de los trabajadores del acero. No contento con la muerte de once víctimas, caídos en la escaramuza de los Pinkerton, Henry Clay Frick, buen cristiano y libre estadounidense, procedió de inmediato a hostigar a las indefensas esposas y huérfanos, ordenándoles que abandonaran las miserables casas de la Compañía.

Todo el país estaba indignado por estos ultrajes inhumanos. Cientos de voces se alzaron en protesta, pidiendo a Frick que desistiera, que no fuera demasiado lejos. Sí, cientos de personas protestaron,—como quien se queja de unas moscas molestas.

Solo hubo uno que respondió activamente al ultraje de Homestead,—Alexander Berkman. Sí, era un anarquista. Se enorgullecía de ese hecho, porque era la única fuerza que hacía que la discordia entre su anhelo espiritual y el mundo exterior fuera de algún modo soportable.

Sin embargo, no fue el anarquismo como tal, sino la brutal matanza de los once trabajadores del acero lo que impulsó el acto de Alexander Berkman, su atentado contra la vida de Henry Clay Frick.

El registro de los actos europeos de violencia política ofrece numerosos y llamativos ejemplos de la influencia del entorno sobre los seres humanos sensibles.

El discurso judicial de Vaillant, quien en 1894 hizo explotar una bomba en la Cámara de Diputados de París, toca la nota fundamental de la psicología de tales actos:

«Caballeros, en pocos minutos vais a dar vuestro golpe, pero al recibir vuestro veredicto tendré al menos la satisfacción de haber herido a la

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