mujer excepcional, no solo fue indiferente, sino también antagónica hacia el trabajo; ni dudó en manifestar su antagonismo cuando, en 1869, aconsejó a las mujeres ocupar los puestos de los impresores en huelga en Nueva York.5 No sé si su actitud había cambiado antes de su muerte.
Hay, por supuesto, algunas sufragistas afiliadas a las trabajadoras —la Liga de Sindicatos de Mujeres [Women's Trade Union League], por ejemplo—, pero son una pequeña minoría y sus actividades son esencialmente económicas.
El resto considera el trabajo como una justa provisión de la Providencia. ¿Qué sería de los ricos si no fuera por los pobres? ¿Qué sería de estas damas ociosas y parasitarias, que despilfarran en una semana más de lo que sus víctimas ganan en un año, si no fuera por los ochenta millones de trabajadores asalariados?
Igualdad, ¿quién oyó jamás semejante cosa?
Pocos países han producido tanta arrogancia y esnobismo como Estados Unidos. Esto es particularmente cierto en el caso de la mujer estadounidense de clase media. No solo se considera la igual del hombre, sino su superior, especialmente en su pureza, bondad y moralidad.
No es de extrañar que la sufragista estadounidense reclame para su voto los poderes más milagrosos. En su engreimiento exaltado, no ve cuán verdaderamente esclavizada está, no tanto por el hombre, como por sus propias nociones y tradiciones necias. El sufragio no puede mejorar ese triste hecho; solo puede acentuarlo, como de hecho lo hace.
Una de las grandes mujeres líderes de Estados Unidos sostiene que la mujer no solo tiene derecho a la igualdad salarial, sino que legalmente