La demanda de igualdad de derechos en todas las facetas de la vida es justa y equitativa; pero, al fin y al cabo, el derecho más vital es el derecho a amar y ser amada. En efecto, si la emancipación parcial ha de convertirse en una emancipación completa y verdadera de la mujer, tendrá que acabar con la noción ridícula de que ser amada, ser la amada y madre, es sinónimo de ser esclava o subordinada. Tendrá que acabar con la noción absurda del dualismo de los sexos, o de que el hombre y la mujer representan dos mundos antagónicos.
La mezquindad separa; la amplitud une. Seamos amplios y grandes. No pasemos por alto las cosas vitales debido al cúmulo de naderías que tenemos ante nosotros. Una verdadera concepción de la relación entre los sexos no admitirá vencedor ni vencido; no conoce más que una gran cosa: entregarse a uno mismo sin límites, para encontrarse más rico, más profundo, mejor. Solo eso puede llenar el vacío y transformar la tragedia de la emancipación de la mujer en alegría, alegría sin límites.