bienestar social». ¿Cuál es la causa que obliga a un vasto ejército de la familia humana a dedicarse al crimen, a preferir la espantosa vida entre los muros de una prisión a la vida en libertad? Ciertamente esa causa debe ser un amo de hierro que no deja a sus víctimas ninguna vía de escape, pues hasta el ser humano más depravado ama la libertad.
Esta tremenda fuerza está condicionada por nuestro cruel ordenamiento social y económico.
No pretendo negar los factores biológicos, fisiológicos o psicológicos en la creación del crimen; pero difícilmente habrá un criminólogo avanzado que no admita que las influencias sociales y económicas son los gérmenes más implacables y venenosos del delito.
Aun concediendo que existan tendencias criminales innatas, no es menos cierto que dichas tendencias encuentran un rico alimento en nuestro entorno social.
Existe una estrecha relación, dice Havelock Ellis, entre los delitos contra las personas y el precio del alcohol, entre los delitos contra la propiedad y el precio del trigo. Cita a Quetelet y a Lacassagne; el primero considera a la sociedad como la preparadora del crimen, y a los criminales como los instrumentos que lo ejecutan. El segundo descubre que «el medio social es el caldo de cultivo de la criminalidad; que el criminal es el microbio, un elemento que solo cobra importancia cuando halla el medio que lo hace fermentar; CADA SOCIEDAD TIENE LOS CRIMINALES QUE SE MERECE».4
El período industrial más "próspero" hace que le sea imposible al trabajador ganar lo suficiente como para mantener la salud y el vigor. Y como la prosperidad es, en el mejor de los casos, una condición imaginaria, miles de personas se suman constantemente a la hueste de los desempleados.