¿Dirá alguien que Vaillant era un hombre ignorante, vicioso o un lunático? ¿No era su mente singularmente clara y analítica? No es de extrañar que las mejores fuerzas intelectuales de Francia intercedieran en su favor y firmaran la petición al presidente Carnot para pedirle que conmutara la pena de muerte de Vaillant.
Carnot no quiso escuchar ningún ruego; insistía en más de una libra de carne, quería la vida de Vaillant y entonces—sucedió lo inevitable: el presidente Carnot fue matado. En el mango del estilete usado por el ATENTADOR estaba grabado, significativamente,
¡VAILLANT!
Santa Caserio era un anarquista. Pudo haber escapado, haberse salvado; pero se quedó, afrontó las consecuencias.
Sus razones para el acto están expuestas de un modo tan sencillo, digno e infantil que a uno le viene a la memoria el conmovedor tributo rendido a Caserio por su maestra de la pequeña escuela del pueblo, Ada Negri, la poetisa italiana, quien habló de él como de una planta dulce y tierna, de una textura demasiado fina y sensible para soportar la cruel tensión del mundo.
«¡Caballeros del Jurado! No pretendo hacer una defensa, sino tan solo una explicación de mi acto.
"Desde mi temprana juventud comencé a comprender que la sociedad actual está mal organizada, tan mal que todos los días muchos hombres desgraciados se suicidan, dejando a mujeres y niños en la más terrible angustia. Los obreros, por millares, buscan trabajo y no pueden hallarlo. Familias pobres piden comida y tiemblan de frío; sufren la mayor miseria; los pequeños piden pan a sus desdichadas madres, y estas no pueden dárselo, porque no tienen nada. Las pocas cosas que contenía el hogar ya han sido vendidas o empeñadas. Todo lo que pueden hacer es mendigar; a menudo son arrestados como vagabundos.