solo para verse traicionada y estafada.
Se podrá afirmar que los hombres de integridad no se corromperían en la moledora política. Quizá no; pero tales hombres estarían absolutamente indefensos para ejercer la más mínima influencia en favor del trabajo, como en verdad se ha demostrado en numerosos casos.
El Estado es el amo económico de sus servidores. Los hombres buenos, si es que los hay, o bien se mantendrían fieles a su fe política y perderían su sustento económico, o bien se aferrarían a su amo económico y serían totalmente incapaces de hacer el bien más mínimo.
La arena política no le deja a uno otra alternativa: hay que ser un tonto o un villano.
La superstición política sigue imperando en los corazones y las mentes de las masas, pero los verdaderos amantes de la libertad ya no quieren saber nada de ella. En su lugar, creen junto con Stirner que el hombre tiene tanta libertad como esté dispuesto a tomar.
El anarquismo, por tanto, defiende la acción directa, el desafío abierto y la resistencia a todas las leyes y restricciones, ya sean económicas, sociales o morales. Pero el desafío y la resistencia son ilegales. En ello radica la salvación del hombre.
Todo lo ilegal exige integridad, confianza en uno mismo y valor. En resumen, clama por espíritus libres e independientes, por «hombres que sean hombres, y que tengan una espina dorsal por la que no se pueda pasar la mano».
El sufragio universal mismo debe su existencia a la acción directa. De no ser por el espíritu de rebelión, por el desafío por parte de los padres de la revolución americana, su posteridad aún llevaría la casaca del Rey. De no ser por la acción directa de un John Brown y sus camaradas, América aún comerciaría con la carne del hombre negro.