más aguda, el resultado es la pura desesperación. En nuestra sociedad actual, por ejemplo, un trabajador asalariado explotado, que vislumbra lo que el trabajo y la vida podrían y deberían ser, encuentra la penosa rutina y la miseria de su existencia casi intolerables; e incluso cuando tiene la resolución y el valor para seguir trabajando firmemente lo mejor posible, y esperar hasta que las nuevas ideas hayan permeado tanto a la sociedad como para abrir el camino para tiempos mejores, el mero hecho de tener tales ideas y tratar de difundirlas, lo pone en dificultades con sus empleadores. ¿Cuántos miles de socialistas, y sobre todo de anarquistas, han perdido el trabajo e incluso la posibilidad de trabajar, únicamente por sus opiniones? Solo el artesano especialmente dotado, si es un propagandista entusiasta, puede esperar conservar un empleo permanente.
¿Y qué le ocurre a un hombre con el cerebro trabajando activamente con un fermento de nuevas ideas, con una visión ante sus ojos de una nueva esperanza que amanece para los hombres sufridos y agonizantes, con la conciencia de que su sufrimiento y el de sus compañeros en la miseria no está causado por la crueldad del destino, sino por la injusticia de otros seres humanos?, ¿qué le ocurre a tal hombre cuando ve a los suyos pasar hambre, cuando él mismo está hambriento?
Algunas naturalezas en tal aprieto, y esas de ningún modo las menos sociales ni las menos sensibles, se volverán violentas, y sentirán incluso que su violencia es social y no antisocial, que al golpear cuándo y cómo pueden, están golpeando, no por sí mismos, sino por la naturaleza humana, ultrajada y despojada en sus personas y en las de sus compañeros de sufrimiento.
¿Y vamos nosotros, que no nos encontramos en esta horrible situación, a quedarnos de brazos cruzados condenando fríamente a estas piadosas víctimas de las Furias y los Hados? ¿Vamos a denigrar como malhechores a estos seres humanos que actúan con heroica abnegación, sacrificando