Avanzando un poco más en nuestra claôÙsiôÙfiôÙcaôÙción, podemos concebir que cada pequeño elemento esquelético esté asociado, en un caso, con una sola célula o vesícula, y en otro con un cúmulo o 〜sistema〠de células asociadas. En ambos casos existen diversas posibilidades. Por ejemplo, el material calcificado u otro material esquelético puede tender a extenderse por toda la superficie exterior de la célula o del cúmulo celular, y tender por consiguiente a adoptar alguna configuración comparable a la de una gota de fluido o a la de una agregación de gotas; esto, en resumen, es el quid y la esencia de nuestra historia de la concha de los foraminíferos. Otra condición común, pero muy diferente, surgirá si, en el caso de los agregados celulares, el material esquelético tiende a acumularse en los intersticios entre las células, en las paredes divisorias que las separan, o en la distribución aún más restringida indicada por las líneas de unión entre estas paredes divisorias. Condiciones como estas nos ayudarán enormemente a comprender muchas espículas de esponjas y una inmensa variedad de esqueletos de radiolarios. Y por último (por el momento), existe un caso posible y muy interesante de un elemento esquelético asociado con la superficie de una célula, no para cubrirla como una concha, sino tan solo para seguir un curso propio dentro de ella, y sujeto a las restricciones impuestas por tal confinamiento a una superficie curvada y limitada. De esta curiosa condición nos ocuparemos de inmediato.
Esta clasificación preliminar y muy simplificada de las formas esqueléticas (como es bastante evidente) no pretende ser completa.
Deja de lado algunos tipos de conformación y configuración de los cuales intentaremos ocuparnos, y otros que forzosamente debemos omitir. Pero, sin embargo, puede ayudar a despejar o señalar nuestro camino hacia los temas que este capítulo debe considerar, y las condiciones por las cuales estos están, al menos en parte, definidos.
Entre los varios tipos posibles, o concebibles, de esqueletos microscópicos, esojamos, para empezar, el caso de una espícula, más o menos simplemente lineal en lo que respecta a sus poderes intrínsecos de crecimiento se {440} refiere, pero que debe su forma ahora algo complicada a una restricción impuesta por la célula individual a la que está confinada, y dentro de cuyos límites se genera.
La concepción de una espícula desarrollada bajo tales condiciones se la debemos a un distinguido físico, el difunto profesor G. F. FitzGerald.
Hace muchos años, Sollas señaló que si una espícula comienza a crecer de un modo determinado, presuntamente bajo el control o la restricción impuesta por el organismo, continúa creciendo mediante una mayor deposición química en la misma forma o dirección, incluso después de haber traspasado los límites del organismo o de sus células. Este fenómeno es lo que observamos en —y esta imperfecta explicación contribuye en gran medida a explicar— el crecimiento continuo en línea recta de las largas espinas calcáreas de Globigerina o Hastigerina, o de las espículas silíceas, radiales de manera similar, de muchos radiolarios. En lenguaje físico, si nuestra estructura cristalina ha comenzado a depositarse en una orientación definida, las sucesivas adiciones tienden a acumularse de manera igualmente regular y en una dirección idéntica; y esto corresponde al fenómeno de la denominada «orientierte Adsorption», tal como lo describe Lehmann.
En Globigerina o en Acanthocystis, las largas agujas crecen libremente hacia el medio circundante, sin nada que impida su crecimiento rectilíneo y su distribución aôÙproxôÙiôÙmaôÙdaôÙmenôÙte radial. Pero consideremos algunos casos sencillos para ilustrar las formas que una espícula tenderá a asumir cuando, esforzándose (por decirlo así) por crecer recta, entra bajo la influencia de alguna restricción o compulsión simple