Pero los cambios puramente químicos no son necesariamente la causa fundamental de la alteración en la tensión superficial del óvulo, pues la acción de los electrolitos sobre la tensión superficial es hoy bien conocida y fácil de demostrar. Así, según otros puntos de vista distintos de aquellos con los que hemos estado lidiando, las cargas eléctricas bastan por sí mismas para explicar las alteraciones de la tensión superficial; mientras que estas, a su vez, explican ese flujo protoplasmático que, como tantos investigadores coinciden, inicia la segmentación del óvulo52.
Una gran parte de nuestra dificultad proviene del hecho de que, en un caso como este, los diversos fenómenos están tan enmarañados y son Aparentemente simultáneos que resulta difícil decir cuál inicia a otro, y a cuál se puede considerar debido este o aquel fenómeno secundario. En los últimos años se ha aducido el fenómeno de la adsorción (como ya hemos dicho brevemente) para explicar muchos de los acontecimientos y apariencias que están asociados con la asimetría y conducen hacia la división de la célula. Pero nuestra breve discusión sobre este fenómeno puede reservarse para otro capítulo.
Sin embargo, aquí no nos ocupamos directamente de los fenómenos de segmentación o división celular en sí mismos, excepto tan solo en la medida en que los cambios visibles de forma son susceptibles de una correlación fácil y evidente con el juego de fuerzas. El mero hecho del «desarrollo» indica que, mientras este dura, el equioÙlibrio del huevo nunca es completo53. Y podemos concluir sencillamente el {193} asunto diciendo que, si se tienen figuras cariocinéticas desarrollándose dentro de la célula, eso por sí mismo indica que el sistema dinámico y las fuerzas localizadas que surgen de él se encuentran en continua alteración; y, por consiguiente, los cambios en la configuración externa del sistema han de tener lugar obligatoriamente.
Por lo que respecta a los fenómenos de la fecundación, —de la unión del espermatozoide con el «pronucleo» del óvulo—, podríamos estudiarlos también como ilustración, hasta cierto punto, de las fuerzas polarizadas que actúan de forma manifieste. Pero tomaremos únicamente, a modo de ejemplo singular, las trayectorias de los pronúcleos masculino y femenino, en su recorrido hacia el punto de encuentro definitivo.
El espermatozoide, cuando se halla a muy corta distancia de la célula huevo, es atraído por esta. De la naturaleza de esta fuerza atractiva no tenemos un conocimiento certero, aunque parece que se nos ofrece una sugerencia reveladora en el descubrimiento de Loeb de que, en las inmediaciones de otras sustancias, como incluso un fragmento o cuenta de vidrio, el espermatozoide experimenta una atracción similar. Pero, sea cual sea la fuerza en cuestión, actúa de forma normal respecto a la superficie del óvulo y, en consecuencia, tras la entrada, el núcleo espermático apunta directamente hacia el centro del huevo; a partir del hecho de que otros espermatozoos, posteriores al primero, no logran efectuar su entrada, podemos concluir con seguridad que una consecuencia inmediata de la entrada del espermatozoide es un aumento en la tensión superficial del huevo54. En alguna parte, cerca o lejos, dentro del huevo, se encuentra su propio cuerpo nuclear, el denominado pronúcleo femenino, y descubrimos al cabo de un tiempo que este se ha fusionado con la cabeza del espermatozoide (o pronúcleo masculino), y que el cuerpo resultante de su fusión ha llegado a ocupar el centro del huevo. Esto debe de deberse (como señaló Whitman hace mucho tiempo) a una fuerza de atracción que actúa entre ambos cuerpos, y a otra fuerza que actúa sobre uno u otro, o sobre ambos, en la dirección del centro de la célula. Si conociéramos la magnitud de estas diversas fuerzas, sería una tarea muy sencilla calcular la trayectoria precisa que seguirían ambos pronúcleos, conduciendo a la conjugación y a la posición central {194}. Como no conocemos la magnitud, sino únicamente la dirección, de estas fuerzas, solo podemos hacer una afirmación general: (1) las trayectorias de ambos cuerpos en movimiento yacerán por completo dentro de un triángulo plano trazado entre los dos cuerpos y el centro de la célula; (2) a menos que