posición ventral, cóncava hacia el lado dorsal, merecería incluso ser llamada directamente homóloga a ella. Supongamos, por otra parte, que la válvula ventral se redujera considerablemente, y hasta llegara a desaparecer; la válvula dorsal proseguiría entonces su crecimiento sin oposición; y, de estar marcadamente encorvada, llegaría a formar una espiral logarítmica, cóncava hacia el lado ventral, tal como ocurre en la concha de Spirula34. Si la válvula dorsal careciera de cualquier curvatura pronunciada (o en otras palabras, si tuviera un ángulo espiral bajo), formaría una placa simple, como en las conchas de Sepia o Loligo. En efecto, en las conchas de estas últimas, y especialmente en la de Sepia, parecemos reconocer un parecido manifiesto con la placa dorsal de la concha de los pterópodos, tal como la tenemos (p. ej.) en Cleodora o Hyalaea; {576} el pequeño «rostro» de Sepia no es sino el ápice del cono primitivo, y la extremidad anterior redondeada ha crecido según una ley precisamente igual a aquella que ha producido el margen curvado de la válvula dorsal en el pterópodo. La porción ventral del cono original es casi, pero no totalmente, ausente. Está representada por la llamada pared posterior del «espacio sifuncular». En muchos cefalópodos decápodos también (p. ej., Todarodes, Illex, etc.) todavía vemos en el extremo posterior de la «pluma» un vestigio del cono primitivo, cuyo margen dorsal únicamente ha continuado creciendo; y el mismo fenómeno, a escala exagerada, está representado en los belemnites.
No es en absoluto imposible que podamos explicar basándonos en los mismos criterios el desarrollo del curioso «opérculo» de los amonites. Este consiste en una única placa córnea (Anaptychus), o en una placa más