En los capítulos precedentes de este libro hemos intentado estudiar las interrelaciones entre el crecimiento y la forma, y el papel que ciertas fuerzas físicas desempeñan en esta compleja interacción; y, como parte de la misma investigación, hemos procurado en casos comparativamente sencillos utilizar métodos matemáticos y terminología matemática para describir y definir las formas de los organismos. Hemos aprendido al hacerlo que nuestro propio estudio de la forma orgánica, al que llamamos con el nombre de Goethe de Morfología, no es sino una parte de esa Ciencia de la Forma más amplia que se ocupa de las formas que adopta la materia bajo todos los aspectos y condiciones y, en un sentido aún más amplio, de las formas que son teóricamente imaginables.
El estudio de la forma puede limitarse a ser meramente descriptivo, o puede tornarse analítico. Comenzamos describiendo la forma de un objeto con las palabras sencillas del discurso común: terminamos definiéndola con el lenguaje preciso de las matemáticas; y un método tiende a seguir al otro en estricto orden científico y continuidad histórica. Así, por ejemplo, la forma de la tierra, de una gota de lluvia o de un arcoíris, la forma de la cadena colgante o la trayectoria de una piedra lanzada al aire, pueden describirse, por inadecuadamente que sea, con palabras comunes; pero cuando hemos aprendido a comprender y a definir la esfera, la catenaria o la parábola, hemos dado un avance maravilloso y quizás múltiple. La definición matôÙeôÙmáôÙtiôÙca de una «forma» posee una cualidad de precisión de la que carecía por completo nuestra etapa anterior de mera descripción; se expresa en pocas palabras, o en símbolos aún más breves, y estas {720} palabras o símbolos son tan ricos en significado que el pensamiento mismo se economiza; mediante ellos se nos pone en contacto con el aforismo de Galileo (tan viejo como Platón, tan viejo como Pitágoras, tan viejo quizás como la sabiduría de los egipcios), de que «el Libro de la Naturaleza está escrito con caracteres de Geometría».
A continuación, pronto llegamos, a través del análisis matôÙeôÙmátôÙiôÙco, a la síntesis matôÙeôÙmátôÙiôÙca; descubrimos homologías o identidades que no eran obvias antes, y que nuestras descripciones oscurecieron en lugar de revelar: como por ejemplo, cuando aprendemos que, sostengamos como sostengamos nuestra cadena, o disparemos como dispare- mos nuestra bala, el contorno de la una o la trayectoria de la otra son siempre matôÙeôÙmátôÙicaôÙmente homologorias [homólogos]. Por último, y esta es la mayor ganancia de todas, pasamos rápida y fácilmente de la concepción matôÙeôÙmátôÙiôÙca de la forma en su aspecto estático a la forma en sus relaciones dinámicas: pasamos de la concepción de la forma a una comprensión de las fuerzas que le dieron origen; y en la representación de la forma y en la comparación de formas emparentadas, vemos en un caso un diagrama de fuerzas en equiôÙliôÙbrio, y en el otro caso discernimos la magnitud y la dirección de las fuerzas que han sido suficientes para convertir la una forma en la otra. Aquí, dado que un cambio de forma material solo se efectúa por el movimiento de la materia, tenemos una vez más el respaldo del axioma del escolástico y del filósofo, 〜Ignorato motu, ignoratur Natura.ã€
En la morfología de los seres vivos, el uso de métodos y símbolos matemáticos ha avanzado con lentitud; y existen diversas razones para este fracaso en el empleo de un método cuyas ventajas son tan obvias en la