La última peculiaridad de nuestro naselario radica en una aparente desviación de lo que en un principio cabría esperar en cuanto a su {476} simetría externa.
Si el sistema estuviera compuesto en realidad por cuatro vesículas esféricas en contacto mutuo, el margen exterior de cada uno de los seis planos interfaciales sería evidentemente un arco circular; y, en consecuencia, en cada ángulo del tetraedro deberíamos esperar encontrar un ángulo deprimido o entrante, en lugar de una cúspide prominente. Todo esto se debe sin duda a algún simple equilibrio de tensiones, cuya naturaleza y distribución precisas son por el momento motivo de conjetura.
Pero parece como si una explicación sumamente sencilla bastara en gran medida, y posiblemente por completo, para dar cuenta de este caso particular. En nuestro diagrama plano ordinario de tres células, o pompas de jabón, en contacto, sabemos (y acabamos de decir) que las tensiones de los tres tabiques tiran hacia adentro de las paredes exteriores del sistema, hasta que en cada punto de contacto triple (P) tendemos a obtener una unión trirradiada y equiangular.
Pero si introducimos otra burbuja en el centro del sistema (Fig. 230), entonces, como demostró Plateau, las tensiones de sus paredes y las de los tres tabiques por los que ahora se encuentra suspendida vuelven a equilibrarse mutuamente, y la burbuja central aparece (en proyección plana) como un triángulo curvilíneo y equilátero. No tenemos más que convertir este diagrama plano en el de un sólido tetraédrico para obtener casi con precisión la configuración que intentamos explicar.
Ahora bien, observamos que, por lo que nos informa nuestra figura de Callimitra, esta es precisamente la forma de la pequeña burbuja que ocupa el centro del sistema tetraédrico en ese esqueleto de radiolario. Y concibo, en consecuencia, que el organismo entero no se limitaba a las cuatro células o vesículas (junto con la pequeña quinta central {477}) que hasta ahora hemos venido imaginando, sino que debió de haber un sistema tetraédrico externo que envolvía a las células que fabricaron el esqueleto, del mismo modo que estas últimas envolvían y deformaban a la pequeña burbuja del centro de todo.
No tenemos más que suponer que esta serie tetraédrica hipotética, que forma la capa o superficie externa de todo el sistema, era incapaz, por alguna razón físico-química, de segregar en sus contactos interfaciales una estructura esquelética81.