Es a primera vista no poco sorprendente hallar que podemos pasar, por una transformación afín y aún más sencilla, de nuestros cráneos perisodáctilos al del conejo; pero el hecho de que podamos hacerlo con facilidad es una simple ilustración de la indiscutible afinidad que existe entre los Roedores, especialmente la familia de los Lepóridos, y los Ungulados más primitivos. Por mi parte, yo iría más lejos; pues creo que hay razones de peso para creer que los Perisodáctilos están más emparentados con los Lepóridos de lo que estos últimos lo están con los demás Ungulados, o de lo que los Lepóridos lo están con el resto de los Roedores. Sea como fuere, resulta obvio a partir de la Fig. 400 que el cráneo del conejo se atiene a un sistema de {765} coordenadas corôÙreôÙsponôÙdientes a las coordenadas cartesianas en las que hemos inscrito el cráneo de Hyrachyus, con la diferencia, primero, de que las ordenadas horizontales de este último se transforman en líneas curvas equidistantes, arcos de círculo aproxiôÙmaôÙdaôÙmente, con su concavidad dirigida hacia abajo; y segundo, de que las ordenadas verticales se transforman en un haz de rayos aproxiôÙmaôÙdaôÙmente ortogonales a los arcos circulares. En resumen, la configuración del cráneo del conejo se deriva de la de nuestro rinoceronte primitivo mediante el proceso inesperadamente sencillo de someter a este último a una
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CAPÍTULO XVII SOBRE LA TEORÍA DE LAS TRANSFORMACIONES, O LA COMPARACIÓN DE FORMAS AFINES
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