afines desde la perspectiva más antigua de una psicología incipiente75. Pero, como el propio Rhumbler admite, Verworn fue muy prudente en cuanto a no sobreestimar los signos aparentes de voluntad, o elección selectiva, en el uso que el pequeño organismo hace del material de su morada.
Este largo paréntesis nos ha alejado, por el momento, del tema del esqueleto de los radiolarios, y a ese tema debemos volver ahora.
Dejando a un lado, pues, las espículas sueltas y dispersas, que ya hemos discutido lo suficiente, los esqueletos de radiolarios más perfectos consisten en una estructura continua y regular; y el material silíceo (u otro material inorgánico) del que se compone este armazón tiende a depositarse de una u otra de dos maneras, o en ambas combinadas:
- (1) en forma de largos ejes espiculares, habitualmente unidos en el centro del cuerpo protoplásmico, o emanando de él, y formando un sistema radial simétrico;
- (2) en forma de una costra, desarrollada de diversas maneras, ya sea en la superficie externa del organismo o en relación con las distintas superficies internas que separan sus capas concéntricas o sus vesículas componentes.
No es infrecuente que este esqueleto superficial llegue a constituir una concha esférica, o un sistema de esferas concéntricas o asociadas de otro modo.
Ya hemos aprendido que una gran parte del cuerpo del radiolario, y especialmente aquella porción exterior a la que Haeckel ha dado el nombre de «calymma», está constituida por una gran masa de «vesículas», que forman una especie de rígido