Sin embargo, deberemos tratar este asunto con más detalle en nuestra discusión sobre la tasa de crecimiento, y podemos dejarlo por el momento para ocuparnos de otros asuntos más o menos directamente relacionados con la magnitud de la célula.
La célula viva es un campo de energía muy complejo, y de energía de muchas clases, incluida la energía superficial. Ahora bien, toda la energía superficial de la célula no está ni mucho menos restringida a su superficie externa; pues la célula es una estructura muy heterogénea, y todos sus alvéolos protoplasmáticos y otras heterogeneidades visibles (así como invisibles) componen un gran sistema de superficies internas, en cada una cuyas partes una «fase» entra en contacto con otra «fase», manifestándose en consecuencia la energía superficial. Pero aun así, la superficie externa es una porción definida del sistema, con una «fase» propia y bien definida, y por poco que sepamos de la distribución de la energía total del sistema, al menos resulta evidente que {35} las condiciones que favorecen el equiôÙlibôÙrio se verán muy alteradas por la modificada relación entre la superficie externa y la masa que un cambio de magnitud, no acompañado de un cambio de forma, produce en la célula. En resumen, comoquiera que se produzca, el fenómeno de la división de la célula será precisamente el requerido para mantener apôÙroxôÙiôÙmaôÙdaôÙmenôÙte constante la relación entre la superficie y la masa, y para restablecer el equilibrio entre la energía superficial y las demás energías del sistema. Cuando una célula germinal, por ejemplo, se divide o se «segmenta» en dos, no aumenta su masa; al menos si existe alguna supuesta tendencia a que el huevo aumente de masa o volumen durante la segmentación, es muy leve en verdad, por lo general imperceptible, y negada por completo por algunos33. El desarrollo o crecimiento del huevo desde una fase unicelular hasta fases de dos o muchas células, es por tanto un tipo de crecimiento algo peculiar; es un crecimiento que se limita al aumento de superficie, no acompañado de un crecimiento en volumen o en masa.
A propósito, en el caso de una burbuja de jabón, si esta se divide en dos burbujas, el volumen disminuye en realidad34, mientras que la superficie aumenta considerablemente. Esto se debe a una causa que tendremos que estudiar más adelante, a saber, el aumento de la presión provocado por la mayor curvatura de las burbujas más pequeñas.
Un resultado inmediato y notable de los principios recién descritos es una tendencia por parte de todas las células, según su clase, a variar muy poco respecto a un cierto tamaño medio y a tener, de hecho, ciertas limitaciones absolutas de magnitud.
Sachs35 señaló, en 1895, que existe una tendencia en cada núcleo a poder reunir únicamente a su alrededor una cantidad determinada y fija de protoplasma. Driesch36, un poco más tarde, descubrió que, mediante la subdivisión artificial del huevo, era posible criar larvas enanas de erizo de mar, de una mitad, un cuarto o incluso un octavo de su {36} tamaño normal; y que estos cuerpos enanos estaban compuestos de solo una mitad, un cuarto o un octavo del número normal de células. Observaciones similares se han repetido a menudo y se han confirmado ampliamente. Por ejemplo, en el desarrollo de Crepidula (una pequeña «lapa zapatilla» americana, hoy muy aclimatada a nuestros propios criaderos de ostras), Conklin37 ha logrado criar individuos enanos y gigantes, de los cuales estos últimos pueden llegar a ser hasta veintiséis veces más grandes que los primeros. Pero, sin embargo, las células individuales, de la piel, del intestino, del hígado, del músculo y de todos los demás tejidos, tienen exactamente el mismo tamaño tanto en unos como en otros, tanto en los enanos como en los gigantes38. Driesch ha puesto particular énfasis en este principio de un «tamaño celular fijo».