material, deben aparecer superficies); y donde tenemos planos, deben obviamente aparecer también aristas rectas y ángulos sólidos; y, si ha de sobrevenir el equiôÙlibôÙriumnote {203}note_end debe ocurrir simétricamente. Nuestro apilamiento de perdigones, o fabricación de cristales simulados, nos ofrece una demostración visible de que el resultado es en realidad obtener, al igual que en el cristal natural, superficies planas y ángulos agudos, dispuestos simétricamente.
Pero la célula viva crece de un modo totalmente diferente, muy parecido al de un trozo de pegamento que se hincha en el agua, por 〜imbibición,〠o por interpenetración hacia el interior y a través de toda su sustancia. La masa coloide semifluida absorbe agua, en parte para combinarse químicamente con sus moléculas individuales4, en parte por difusión física en los intersticios entre estas moléculas, y en parte, según parece, de otras maneras; de modo que todo el fenómeno es muy complejo y hasta oscuro. Pero, por lo que a nosotros respecta, el resultado neto es muy simple. Pues el equiôÙlibriôÙo o la tendencia al equiôÙlibriôÙo de la presión de los fluidos en todas las partes de su interior mientras transcurre el proceso de imbibición, la reordenación constante de su masa fluida, en suma, el contraste con el método cristalino de crecimiento donde cada partícula se detiene para no moverse más (en relación con el todo), hacen que la masa de gelatina se hinche, muy parecido a una vejiga en la que soplamos aire, y así, por una distribución gradual y armoniosa de fuerzas, adopte en todas partes una forma externa redondeada y más o menos parecida a una burbuja5. Así, cuando la misma escuela de naturalistas más antiguos llamó la atención sobre una nueva distinción o contraste de forma entre los objetos orgánicos e inorgánicos, en el sentido de que los contornos de los primeros tendían a la redondez y la curvatura, y los de los segundos estaban delimitados por líneas rectas, planos y ángulos agudos, vemos que este contraste no era nuevo y diferente, sino solo otro aspecto de su afirmación anterior, y una consecuencia inmediata de la diferencia entre los procesos de aglutinación e intususcepción.
Este contraste común y general entre la forma del cristal, por un lado, y la del coloide o del organismo, por el otro, no debe llevarse en ningún caso demasiado lejos. Pues Lehmann, {204} en su gran obra sobre los llamados cristales líquidos⟭fn:fn_ab9622340deb:6⟭, a la cual volveremos más adelante, ha demostrado cómo, bajo ciertas circunstancias, los fenómenos de tensión superficial pueden coexistir con la cristôÙalôÙizôÙaôÙción, y producir una forma de potencial mínimo que es resultante de ambos: el hecho es que los enlaces que mantienen la disposición cristalina son ahora mucho más laxos que en el estado sólido, de modo que la tendencia a la superficie total mínima puede verse satisfecha. Así, el fenómeno de la «cristôÙalôÙizôÙaôÙción líquida» no destruye la distinción entre formas cristalinas y coloidales, sino que otorga una mayor unidad y continuidad a toda la serie de fenómenos⟭fn:fn_f1ebfef26188:7⟭. Lehmann también ha demostrado fenómenos en el interior del cristal, conocidos por ejemplo como transcristôÙalôÙizôÙaôÙción, que nos muestran que no debemos hablar a la ligera del crecimiento de los cristales como limitado a la deposición sobre una superficie, y Bütschli ya ha señalado la posible gran importancia para el biólogo de los diversos fenómenos que Lehmann ha descrito⟭fn:fn_e54876734771:8⟭.
Hasta aquí, por tanto, en la medida en que el crecimiento prosigue, inafectado por la presión u otra fuerza externa, la fluidez del protoplasma, su movilidad interna y externa, y la manera en que las partículas se mueven con relativa libertad de un lugar a otro en su interior, tienden manifiestamente a la producción de superficies abultadas y redondeadas, y a su gran predominio sobre las superficies planas en el contorno del organismo. Estos contornos redondeados tenderán a conservarse, durante un tiempo, en el caso del protoplasma desnudo por su viscosidad, y ante la presencia de una pared celular por su propia falta de fluidez.