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nydus/On Growth and FormPublic
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Capítulo XVI Sobre la forma y la eficiencia mecánica

biólogos, podemos llegar a decir que incluso los huesos mismos son solo en un sentido limitado, y hasta engañoso, cosas separadas e individuales. El esqueleto comienza como un continuum, y como un continuum permanece durante toda la vida. Las cosas que unen hueso con hueso, {713} cartílagos, ligamentos, membranas, están formadas del mismo tejido primordial y surgen pari passu junto con los huesos mismos. Todo el tejido tiene sus partes blandas y sus partes duras, sus partes rígidas y sus flexibles; pero hasta que no rompemos y desmembramos sus partes óseas, cartilaginosas y fibrosas, unas de otras, existe simplemente como un «esqueleto», como un todo íntegro e individual.

Un puente era antaño un montón suelto de pilares, barras y remaches de acero. Pero la identidad de estos se pierde, como si se fusionaran en una masa sólida, una vez que el puente está construido; sus funciones separadas solo pueden reconocerse y analizarse en la medida en que podamos analizar las tensiones, las tracciones y las presiones que afectan a esta o a aquella parte de la estructura; y estas fuerzas no son en sí mismas entidades separadas, sino las resultantes de un análisis de todo el campo de fuerza.

Además, cuando el puente está roto ya no es un puente, y toda su resistencia ha desaparecido. Así ocurre precisamente con el esqueleto. En él se refleja un campo de fuerza: y marchando al compás, por así decirlo, en acción y reacción con este campo de fuerza, todo el esqueleto y cada una de sus partes, hasta la minuciosa estructura intrínseca de los huesos mismos, están relacionados en forma y posición con las líneas de fuerza, con las resistencias que ha de encontrar; pues por uno de los misterios de la biología, la resistencia engendra resistencia, y donde recae la presión, allí surge el crecimiento con fuerza para hacerle frente.

Y, siguiendo el mismo hilo de pensamiento, vemos que todo esto es verdad no solo del esqueleto sino de todo el tejido del cuerpo. El músculo y el hueso, por ejemplo, están inseparablemente asociados y conectados; están moldeados el uno con el otro; surgen a la existencia juntos, y actúan y reaccionan juntos27.

Podemos estudiarlos por separado, pero es como una concesión a nuestra debilidad y a la estrecha perspectiva de nuestras mentes. Vemos, quizás tenuemente, pero aun así con toda la seguridad de la convicción, que entre el músculo y el hueso no puede haber ningún cambio en el uno que no esté correlacionado con cambios en el otro; que de arriba abajo están vinculados en una asociación indisoluble; que solo son entidades separadas {714} en este sentido limitado y subordinado, el de que son partes de un todo que, cuando pierde su integridad compuesta, deja de existir.

El biólogo, así como el filósofo, aprende a reconocer que el todo no es meramente la suma de sus partes. Es esto, y mucho más que esto. Pues no es un haz de partes, sino una organización de partes, de partes en su disposición mutua, encajando unas con otras, en lo que Aristóteles llama «un principio de unidad único e indivisible»; y esto no es meramente una concepción metafísica, sino que es en biología la verdad fundamental que yace en la base de la ley de Geoffroy (o de Goethe) de la «compensación», o del «balance del crecimiento».

Sin embargo, Darwin no tuvo dificultad en creer que «la selección natural tenderá a la larga a reducir cualquier parte de la organización tan pronto como, debido a cambios en los hábitos, se vuelva superfluas: sin causar de ningún modo que alguna otra parte se desarrolle ampliamente en un grado corôÙreôÙsponôÙdiente. Y recíprocamente, que la selección natural puede perfectamente tener éxito al desarrollar ampliamente un órgano sin requerir como compensación necesaria la reducción de alguna parte contigua28.» Este punto de vista ha sido desarrollado en una doctrina de la «independencia de los caracteres simples» (que no debe confundirse con los «caracteres unitarios» germinales del mendelismo),

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