Tenemos, por tanto, que averiguar cuáles son las condiciones que, aparte de la gravedad, confinan un cuerpo extraño a una película superficial; y podemos hacerlo de un modo muy simple, considerando la energía superficial del sistema entero. En la fig. 218 tenemos dos fluidos en contacto mutuo (llamémosles agua y protoplasma), y un cuerpo ( b ) que puede estar sumergido en cualquiera de ellos, o puede quedar restringido al límite {461} entre ambos. Tenemos aquí tres «contactos interfaciales» posibles, cada uno con su propia energía superficial específica por unidad de área de superficie: a saber, el que hay entre nuestra partícula y el agua (llamémoslo öÝ), el que hay entre la partícula y el protoplasma (öý), y el que hay entre el agua y el protoplasma (ö°). Cuando el cuerpo se halla en el límite de los dos fluidos, digamos que la mitad en uno y la mitad en el otro, las energías superficiales implicadas equivalen a ( S ã€₤ã „ã€₤2)öÝã€₤+ã€₤( S ã€₤ã „ã€₤2)öý; pero también debemos recordar que, por la presencia de la partícula, una pequeña porción (igual a su área de sección transversal s ) de la superficie de contacto original entre el agua y el protoplasma ha sido obliterada, y con ella una cantidad proporcional de energía, equivalente a s ö°, ha sido liberada. Cuando, por otra parte, el cuerpo se encuentra enteramente dentro de uno u otro fluido, las energías superficiales del sistema (en lo que a nosotros respecta) equivalen a S öÝã€₤+ã€₤ s ö°, o S öýã€₤+ã€₤ s ö°, según sea el caso. Dependiendo de si öÝ es menor o mayor que öý, la partícula tendrá tendencia a permanecer sumergida en el agua o en el protoplasma; pero si ( S ã€₤ã „ã€₤2)(öÝã€₤+ã€₤öý)ã€₤㈒ã€₤ s ö° es menor que S öÝ o que S öý, entonces la condición de potencial mínimo se hallará cuando la partícula se encuentre, como hemos dicho, en la zona límite, la mitad en un fluido y la mitad en el otro; y, si hubiéramos de intentar una solución más general del problema, tendríamos evidentemente que lidiar con posibles condiciones de equiôÙlibôÙrio bajo las cuales se alcanzaría el balance necesario de energías al elevarse o hundirse la partícula en la zona límite, de modo que se ajustaran las magnitudes relativas de las áreas superficiales implicadas. Es obvio que este principio puede, en ciertos casos, ayudarnos a explicar la posición incluso de una espícula radial , que es precisamente un caso en el que la superficie de la espícula sólida se distribuye entre los fluidos con una
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CAPÍTULO IX SOBRE CONCRECIONES, ESPÍCULAS Y ESQUELETOS ESPICULARES
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