el colmillo de un elefante, o cada nueva cámara de un foraminífero espiral (Figs. 259 y 260), tiene su principal característica descrita al instante y su forma explicada hasta cierto punto por la simple afirmación de que constituye un gnomon respecto a toda la estructura preexistente. Y en esto radica la explicación de ese "elemento temporal" en el desarrollo de las espirales orgánicas de las que hemos hablado ya, de un modo preliminar y empírico. Pues se sigue como un simple corolario de este teorema de los gnomones que no debemos esperar encontrar la espiral logarítmica manifestada en una estructura cuyas partes son producidas simultáneamente, como por ejemplo en el margen de una hoja, o entre las muchas curvas que forman el contorno de un pez. Sino que debemos buscarla allí donde el organismo retiene para nosostros, y aún nos presenta de un solo vistazo, las fases sucesivas del crecimiento precedente, las sucesivas magnitudes alcanzadas, los sucesivos contornos ocupados, a medida que el organismo o una parte de él seguía el curso sosegado de su crecimiento, año tras año y día tras día. Y de esto se deduce fácilmente que es en las partes duras de los organismos, y no en las partes blandas, carnosas y de crecimiento activo, donde esta espiral se halla de manera común y característica; no en los tejidos frescos y móviles cuya forma está limitada meramente por las fuerzas activas del momento; sino en cosas como la concha y el colmillo, y el cuerno y la garra, donde el objeto se compone visiblemente de partes {516} depositadas sucesiva y permanentemente. En lo fundamental, la espiral logarítmica es característica, no de los tejidos vivos, sino de los muertos. Y por la misma razón, estará siempre o casi siempre acompañada, y adornada, por un patrón formado por "líneas de crecimiento", el registro perdurable de las etapas anteriores y sucesivas de forma y magnitud.
Es evidente que la curva espiral de la concha es, en cierto sentido, un diagrama vectorial de su propio crecimiento; pues muestra en cada instante del tiempo la dirección, radial y tangencial, del crecimiento, y la proporción inalterable de las velocidades en estas direcciones.
Respecto a la velocidad real del crecimiento de la concha, sabemos muy poco (o prácticamente nada) mediante mediciones experimentales; pero si hacemos una cierta suposición simple, entonces podemos avanzar bastante más en nuestra descripción de la espiral logarítmica tal como aparece en este caso concreto.