No había grandes ciudades manufactureras, ni necesidad de ellas; la presencia de la materia prima por trabajar, más que los medios para trabajarla mecánicamente —a saber, el combustible—, confería un carácter manufacturero a tal o cual región. Eran, por ejemplo, los pastizales para ovejas de las colinas de Yorkshire, y no la existencia de carbón bajo ellas, los que hacían de los alrededores del Bradford septentrional una zona tejedora. Su homónimo en el Avon de Wiltshire era en aquellos días un centro de la industria textil al menos tan importante. Los paños gruesos de los valles de Gloucestershire, los kersies de Devonshire y Hampshire, las mantas de Witney y los tweeds de Chipping Norton significaban hierba tierna y lana larga, con un poco de energía hidráulica, y no carbón, para mover los batanes, a los cuales debía llevarse la materia prima por trabajar desde los cuatro puntos cardinales.
La aparente condición del trabajo en aquellos días parece casi idílica, comparada con lo que es ahora; pero debe recordarse que entonces, como ahora, el trabajador estaba en manos del monopolizador de la tierra y de la materia prima; ni era probable que este último hubiera conservado su privilegio especial durante dos años cientos sin aplicar algún sistema mediante el cual desarrollarlo e incrementarlo.
Entre el periodo de la decadencia de los gremios de artesanos y esta segunda mitad del siglo xviii se había desarrollado un sistema de trabajo que no podría haberse aplicado a los artesanos medievales; pues ellos trabajaban para sí mismos y no para un amo o explotador, y por lo tanto eran dueños de su material, de sus herramientas y de su tiempo. Este sistema es el de la División del Trabajo; bajo él, la unidad de trabajo no es un hombre individual, sino un grupo, cada uno de cuyos miembros se encuentra indefenso por sí mismo, pero capacitado mediante la práctica constante para la repetición de una pequeña parte de la obra, adquiere una gran precisión y velocidad en su ejecución.