el «acaparamiento y la reventa» eran delitos; cuando el gremio gobernaba sobre la producción de mercancías y la división del trabajo aún no existía; cuando tanto en el arte como en la literatura el pueblo tenía su parte —es más, cuando lo que había de ambos era producido por el propio pueblo—. Se ha ido también el puritanismo militante, sepultado bajo montañas de fría formalidad. Inglaterra es burguesa y próspera en toda su existencia; carece de aspiraciones, pues su autocompleción es demasiado plena para tenerlas, pero va reuniendo fuerzas para un desarrollo de un nuevo tipo —por decirlo así, una nación tomando aliento para un nuevo salto—.
Pues bajo su próspera autocomplacencia yace el nacimiento de un gran cambio —una revolución en la industria— y en la época de la que escribimos Inglaterra se está simplemente 123 preparando para ese cambio.
Su prosperidad y su sólido gobierno constitucional burocrático —es más, incluso las condiciones corrientes de la vida en el país— le están permitiendo volcar toda su atención hacia este cambio, y hacia el desarrollo de los recursos naturales de los que es tan rica.
La caída del sistema feudal, la irrupción del método individualista de producción de mercancías y del simple intercambio de bienes, tenían que conducir al desarrollo definitivo de esta época: el auge de la gran industria maquinizada; y ahora ha llegado el momento de ese desarrollo.
El creciente mercado mundial exige más de lo que los métodos de producción transitorios pueden ofrecer.
En cuestiones políticas, el prejuicio está cediendo ante la necesidad, y todos los obstáculos se están despejando rápidamente ante el advenimiento de una nueva época para el trabajo; una época de la cual podemos decir que, si no se avecinara en su momento un gran cambio para ella, habría sido el mayor desastre que jamás le haya ocurrido a la raza humana.