de aquel período empezó a desvanecerse, hallamos que el arte adjetivo casi ha desaparecido, y el sustantivo carece de conciencia de cualquier otro propósito que no sea la muestra de intelecto y la destreza manual, mientras la antigua y duradera dualidad se extingue en la más pura nulidad.
El resultado de esto, en lo que respecta al consuelo de la ocupación necesaria, es que mientras el arte sustantivo continuaba con muchas vicisitudes, divirtiendo a las clases altas, el comercialismo mató todo el arte para el trabajador, privándolo necesariamente del poder de apreciar su forma superior y de la oportunidad de producir su forma subsidiaria.
De hecho, el arte popular y la religión popular resultaban igualmente inadecuados para el funcionamiento del nuevo sistema social, y fueron arrasados por este.
No es de extrañar, pues, que casi todos los trescientos cinco economistas modernos (que rara vez estudian historia y nunca el arte), a juzgar por lo que sucede ante sus ojos, supongan que el trabajo por lo general debe de ser repugnante y que, por tanto, siempre hay que emplear la coacción con la mayoría, necesariamente perezosa.
Aunque hay que decir, en honor a los socialistas utópicos y a Fourier especialmente, que percibieron instintivamente cuán fútil era cualquier esperanza de mejora de la raza bajo tales circunstancias.
Hemos visto que el divorcio del obrero respecto del placer en su labor solo ha tenido lugar en los tiempos modernos, pues afirmamos que, cualquiera que sea el caso de la labor ingenua, el arte de cualquier clase jamás puede producirse sin placer. En este caso, pues, como en otros, creemos que la Nueva Sociedad volverá al antiguo método, aunque en un plano superior. Con muy pocas excepciones, Fourier tenía razón al afirmar que toda labor podía volverse placentera bajo ciertas condiciones. Estas condiciones son, brevemente: