La primera parte del siglo XVIII, por tanto, halla a Inglaterra sólida y asentada; todos los viejos elementos de perturbación y aspiración convertidos en una rígida burocracia constitucional; la religión reconocida como una formalidad de Estado, pero sin influencia alguna en la vida corporativa del país, siendo su única realidad un mero sentimiento personal, nada gravoso para los negocios prácticos de la vida; las ascuas de la reacción absolutista a punto de extinguirse, y barridas con facilidad e incluso con desgana cuando hacen amago de ser peligrosas; la nobleza convertida en una mera clase alta titulada de la burguesía; el país próspero, ganando terreno a franceses y holandeses en América y la India, y empezando a fundar sus mercados coloniales y extranjeros, con su armada convirtiéndose rápidamente en suprema en todos los mares; las clases trabajadoras en mejor situación que en cualquier otro momento desde el siglo XV, pero sin esperanza, apáticas, ni aventureras ni intelectuales; el Arte, si no del todo muerto, representado por algún que otro pintor de corte de damas feas y caballeros estúpidos (siendo Sir Joshua el rey de dichos pintores); una literatura producida por unos cuantos ensayistas devanadores de palabras y versificadores prosaicos, como Addison y Pope, que se enorgullecían de un desdén educado hacia todo lo varonil, apasionado o edificante del pasado de su propia lengua; mientras que su devoción por los tiempos clásicos, derivada del genuino y poderoso entusiasmo del Renacimiento, se había reducido a nada más que a un hábito de expresión cortés.
Aquí, pues, en Inglaterra podemos empezar 122 a ver en qué iba a terminar la extinción de la feudalidad, al menos por entonces. La Inglaterra medieval se ha ido, las maneras y formas de pensamiento de la gente han cambiado por completo; se llaman ingleses, pero son otro pueblo distinto del que habitaba en Inglaterra en el siglo quince, cuando