El socialismo debe su origen en Alemania al Partido de los Trabajadores fundado por Ferdinand Lasalle en 1862. Lasalle era uno de esos genios semitas de vasto saber y energía incansable que de vez en cuando surgen para asombrar al mundo. Inició el partido sobre una base de socialismo de Estado que implicaba la recuperación por parte del pueblo de sus derechos sobre la tierra, y en su proyecto había por lo general una fuerte dosis de nacionalismo. Aunque al principio su partido despertó un gran entusiasmo, a su muerte en 1864 apenas contaba con unos cinco mil adeptos declarados. Cuatro años más tarde, la agrupación quedó bajo la influencia de la Internacional y de Marx, debido al celo de Bebel y Liebknecht. Hasta el Congreso de Eisenach en 1869, el partido de Lasalle y el de Marx estuvieron a greña suelta. En Gotha, en 1875, mediante la fusión de ambos partidos, se fundó el actual Partido Socialdemócrata. Desde entonces, dicho partido no ha dejado de crecer firmemente, hasta contar hoy con más de millón y medio de adeptos. Debido a este rápido progreso y a su eficaz organización, hay que decir que el partido alemán ha tomado la delantera en el socialismo desde la época de la Comuna.
En Rusia, el movimiento socialista estaba, a primera vista, mezclado con la agitación nacionalista y política, lo cual era 205 natural en un país encadenado por la forma más cruel de absolutismo. Sin embargo, el fin último del partido es inconfundible, y la propaganda se ha llevado a cabo con un fervor revolucionario y una pureza de entrega que nunca han sido superados, si es que alguna vez han sido igualados. El asesinato del zar el 13 de marzo de 1881, con las trágicas escenas que le siguieron, ha sido el acontecimiento más dramático que el movimiento ruso ha dado al mundo. El valor y la entrega que concurrieron en la realización de este golpe fulminante, y el hecho de fuera dirigido contra el