de dominios feudales en naciones políticas, como Prusia, Brunswick, Sajonia, Baviera, Brandeburgo, Hesse-Kassel, Wurtemberg y otras de menor importancia.
El rival de Carlos V, Francisco I, continuó la consolidación del reino de Francia, iniciada con tanta energía, astucia y consiguiente éxito por Luis XI.
En Inglaterra, la monarquía de los Tudor puso el broche final a la creación de una nación política, bajo el amparo del extraño fantasma del derecho divino de los reyes —tan contrario a la idea medieval de la responsabilidad del rey ante la jerarquía feudal en general—, que parece haber sido en parte el resultado del culto puritano al Antiguo Testamento con sus principios orientales despóticos.
Todo esto significaba el aplastamiento de los antiguos vasallos feudales, la creación de una nueva nobleza totalmente dependiente del rey, simples cortesanos al servicio de su persona o funcionarios nombrados para administrar su patrimonio; pues la nueva nación política era considerada propiedad del rey, quien ya no tenía ninguna responsabilidad ante nadie, como rey, ni siquiera ante su Dios.
Todo este cambio, eclesiástico y civil, no se llevó a cabo sin una cierta dosis de protesta en forma de revuelta directa, cuyo acontecimiento más destacado fue la Guerra de los Campesinos en Alemania (1525-1526). Por entonces, en toda Europa, el aumento del lujo impulsó a los señores de la tierra a exigir más dureza que nunca para conseguir dinero con el que tratar con los comerciantes, y al mismo tiempo el usurero cobró mayor importancia. Contra esta opresión surgió, y se extendió con extraordinaria rapidez (en la fecha antes mencionada), una insurrección más generalizada que cualquiera de las revueltas anteriores de la Edad Media, una de cuyas