La condición del pueblo era, en general, peor en el continente que en Inglaterra. La servidumbre no estaba ni mucho menos extinta en Francia, Hungría o Alemania, y esa servidumbre era mucho más agobiante y minuciosa, combinada con la explotación del mercado, de lo que había sido en el periodo feudal.
También existían otras pervivencias de la época medieval; así, en Alemania los gremios aún conservaban cierta vida y poder, y el pueblo no estaba totalmente desvinculado de la tierra como en Inglaterra, aunque la competencia predominante de los mercados destruyó gran parte del bien que aún subsistía en estas costumbres medio extintas.
Al mismo tiempo, las poblaciones se veían aplastadas por las espantosas guerras que las azotaban, en todas las cuales la religión era el pretexto inmediato.
La primera de esta serie fue la guerra llevada a cabo en Holanda y los Países Bajos contra los extranjeros católicos —los españoles—, en cuyas manos habían venido a caer por los asuntos familiares de la casa de Austria. Aunque algunos nobles tomaron partido por los rebeldes —p. ej., Egmont y Horn, ejecutados por ello—, esta guerra fue en lo fundamental una guerra de la democracia burguesa en favor del protestantismo, enconada por el sentimiento de una raza teutónica contra una latinizada. Se encuentra en ella incluso cierto anticipo del elemento revolucionario sans-culotte, como lo demuestra el entusiasmo con que los rebeldes asumieron el apodo de gueux, o mendigos, arrojado contra ellos con desprecio por sus enemigos, así como la extrema acritud de la población marinera más ruda, aquellos hombres cuyos sombreros llevaban la inscripción: «Antes turco que Papa».
En Alemania, la lucha conocida como 109 la “Guerra de los Treinta Años” se libró entre los dos bandos opuestos de entre los grandes vasallos