más amplio. Tendría que velar, por ejemplo, por la recopilación y distribución de toda la información relativa a las necesidades de las poblaciones y las posibilidades de abastecerlas, dejando todos los detalles a los órganos subordinados, locales e industriales. Pero también sería su deber necesario salvaguardar los principios de la sociedad reconocidos en ese momento; es decir, proteger a cualquier país, lugar u ocupación para que no recaiga 292 en métodos o prácticas que resulten destructivos o perjudiciales para el orden socialista, tales como cualquier forma de explotación del trabajo, si es que eso fuera posible, o el establecimiento de cualquier ley penal vindicativa. Aunque en las unidades inferiores de esta gran Federación la expresión directa de la opinión bastaría para llevar a cabo la administración, no podemos concebir otro medio que no sea la delegación para realizar el trabajo de los círculos superiores. Esto significa que el desarrollo de la sociedad más allá de lo que podemos llamar el período administrativo no puede preverse todavía.
Nos ocupamos ahora de la base religiosa y ética de la cual la vida de la sociedad comunitaria puede llamarse una expresión; aunque desde otro aspecto la religión es una expresión de esa vida —formando así ambas un todo armonioso.
La palabra religión se halla aún en la mayoría de las mentes vinculada a creencias sobrenaturales, y en consecuencia se ha considerado injustificable su uso cuando falta este elemento. Pero, como pasaremos a demostrar, este elemento le es más bien accesorio que esencial.
Al principio la religión tuvo por objeto la continuidad y la gloria de la sociedad de parentesco, ya fuera como clan, tribu o pueblo, constituyendo el culto a los antepasados el rasgo principal en sus primeras fases. Que la religión estuviera entonces conectada con lo que hoy llamamos superstición era inevitable, ya que no se establecía