orientales, incluida Egipto, como de las comunidades griegas e itálicas. En cuanto a los imperios de Oriente, en un principio no eran más que federaciones de grandes ciudades, del mismo modo que las ciudades mismas se originaron en federaciones de clanes y tribus. La posición semidivina del rey en estos imperios fue sin duda una recurrencia del culto al antepasado tribal, transferido ahora al símbolo encarnado del culto colectivo a los antepasados de la federación. A medida que las razas progresivas emergen de los tiempos prehistóricos, las encontramos segregadas en cuatro grandes secciones, o civilizaciones, la primera y más importante habitando en el valle del Tigris y el Éufrates; la siguiente en importancia en el valle del Nilo; la tercera en el Yang-tsze-kiang; y la cuarta en el Ganges.
En una época posterior, cuando las energías de las razas progresivas requirieron nuevos desarrollos, las costas de la porción oriental del Mediterráneo fueron pobladas por las más aventureras y progresivas de dichas razas, a las cuales volveremos nuestra atención ahora por ofrecer los ejemplos más típicos del desarrollo de la vida urbana y por ser aquellas de las que poseemos información más concreta.
Con el periodo de los poemas homéricos, esta civilización de los pueblos clásicos emerge de sus orígenes prehistóricos. En la literatura de este periodo hay pocos indicios en la superficie de la sociedad de grupos bárbara, aunque una búsqueda revela al menos algunos de ellos, entre los cuales puede mencionarse el relato en la Ilíada de la casa de Príamo, que parece haber sido una gens completa y reconocida. Asimismo, el final de la Odisea, que desde el punto de vista literario moderno parece un anticlimáctico anticlímax sin propósito, fue en su día un relato que el rapsoda no podía eludir en modo alguno, sobre la venganza de sangre tras el juicio a los suplicantes —el asesinato de los cuales,