Estas ideas eran profesadas, en verdad, por aquellos que tenían interés en preservar el estado de cosas existente, pero eran escuchadas y meditadas por gentes que encontraban ese estado de cosas insoportable.
El contraste entre la condición de Inglaterra y la de Francia, producido en ambos casos por el desarrollo inconsciente hacia un cambio esencial, es notable.
En Inglaterra, la condición material del país era buena, bajo el régimen 134 del whiggery triunfante; las clases medias eran prósperas y estaban satisfechas; las clases trabajadoras mantenían la cabeza fuera del agua con una comodidad tolerable, y nada estaba más lejos de sus pensamientos que aquel cambio revolucionario hacia el cual, sin embargo, se deslizaban rápida pero silenciosamente.
Por otra parte, Francia estaba empobrecida por las largas guerras del Gran Monarca; las clases bajas estaban sumidas en una miseria evidente para el observador más superficial. Las clases medias comerciales estaban descontentas e inquietas bajo la presión de los restos del feudalismo, que les parecía seguir floreciendo, aunque no era más que el tronco sin vida del viejo árbol, ya minado por Luis XIV. Para colmo, flotaba en el aire un espíritu de descontento intelectual. Las teorías de la libertad y el racionalismo, aunque procedían originalmente de pensadores ingleses, fueron desarrolladas y dotadas de forma literaria por el círculo de escritores franceses (ya mencionado) que adoptaron el nombre de Les Philosophes, y en esta forma produjeron muchos más efectos que en su país de origen, suministrando las fórmulas de la Revolución misma. Los nombres de Voltaire y Rousseau, aun al margen de los enciclopedistas, muestran con cuánta avidez se estaban recibiendo las nuevas teorías. En