A medida que el sentimiento público —el sentido de deleite en el servicio a la ciudad— se extinguió, también lo hizo la vida que había en este arte perfecto pero limitado, y al final no quedó más que un caput mortuum de mero arte académico plausible, el cual, sin embargo, duró mucho tiempo, hasta que, de hecho, el clasicismo cayó ante el cristianismo.
Luego, tras un interregno de inferioridad a la vez tosca y tímida, el nuevo arte comenzó, influenciado sin duda por la comunicación con Oriente.
Finalmente, se nos hace evidente en los edificios levantados por Justiniano, en especial Santa Sofía en Constantinopla, que muestran una nueva creación, portadora ciertamente de indicios de su nacimiento a partir del clasicismo, pero totalmente distinta incluso en cuanto al detalle, tanto en la forma como en el espíritu.
El peso completo de las causas que yacían detrás de esta transformación se apreciará mejor cuando lleguemos a ocuparnos del arte de la Edad Media plenamente desarrollada. Baste decir aquí que se creó un nuevo estilo, que solo aguardaba la influencia de las tribus bárbaras para alcanzar la plenitud, y que se desarrolló paso a paso junto con el desarrollo de la nueva sociedad en completa armonía con todas sus necesidades y aspiraciones.
Los fragmentos rotos del Imperio romano en medio de todo este trastorno tuvieron que habérselas con aquel elemento del cambio que era a la vez el más formidable en la superficie y el más potente para la reconstrucción de la sociedad, a saber, las incursiones de las tribus bárbaras del norte.
El cambio político se produjo de este modo: