cierta clase de sociedad durante el período de transición, que vislumbran el desarrollo de la nueva sociedad bajo el caparazón político de los viejos Estados burocráticos —los cuales podrían ser utilizados hasta cierto punto por los revolucionarios—, más que cualquier disrupción de estos antes de la realización del nuevo sistema social.
Otros de nuevo están de acuerdo con nosotros en los 282 puntos de vista arriba expuestos, en que, si bien los sistemas nacionales no pueden por el momento ser atacados directamente con éxito en cuanto a sus elementos más fundamentales, estos pueden, y deben, ser socavados por la acción continua de dos principios, uno federal e internacional, y el otro local.
Es decir, debería producirse una delegación gradual y creciente de los poderes actuales del gobierno central en organismos municipales y locales, hasta que la nación política sea minada y dé paso a la federación de organizaciones locales e industriales.
Consideramos que esto es esencial en vista de que estos últimos tendrían una capacidad mucho mayor para ocuparse de los detalles del cambio. Y, de hecho, gran parte de su trabajo podría desarrollarse durante el período en que las viejas naciones políticas se debilitaban hasta su disolución o, como puede decirse mejor, se volvían rudimentarias.
Por ejemplo, en los pasos hacia la comunización de las industrias que resultarían de la ley de mínimos y máximos, las regulaciones tendrían que estar necesariamente en manos de estos órganos locales (County and District Councils, etc.)
Cada vez resulta más evidente a todos que es absurdo que la legislación central tenga que ocuparse de los detalles de la vida en lugares de los que sabe poco o nada.
Los ejemplos de tales casos seguirán multiplicándose, hasta que se descubra que el centro no tiene nada que ver en esto, y el interés por ello se trasladará entonces a las localidades.