comprensión deficiente de los recursos de la naturaleza, sus manifestaciones fueron mucho más dramáticas de lo que produce la miseria de nuestro tiempo, de modo que a esta distancia tienen el efecto de eclipsar la vida cotidiana de la época, que de hecho no estuvo constantemente agobiada por ella.
La miseria que existe en nuestros propios días no es espasmódica y accidental, sino crónica y esencial al sistema bajo el cual vivimos.
El burgués acomodado del siglo XIX puede en verdad tomar a la ligera esta miseria, mientras se estremece ante los horrores de la tortura, el saqueo y la matanza de la Edad Media, porque no siente la miseria moderna en su propia persona; pero el proletario de nuestra era comercial, aunque esté curtido para soportar su suerte, no solo se ve degradado por la presión constante de los problemas sórdidos, sino que no puede dejar de notar el contraste que a cada hora le salta a la vista entre esa suerte y la vida holgada de sus amos: las clases propietarias.
En la época medieval, la violencia y el sufrimiento no perdonaban a una clase para recaer por completo en otra, la más numerosa de la comunidad.
Incluso la persona del rey demostró, según muchos ejemplos, no ser en absoluto sagrada:
«Golpead a loslores y respetad a los comunes»
fue el grito que se alzó en el fragor de las sangrientas guerras de las Rosas.
El político fracasado no se retiraba a la comodidad y el placer de una casa de campo, sazonada con un poco de labor literaria y disculpas por sus errores pasados, sino que pagaba con su cabeza, o con el tormento de su cuerpo, su mala estimación de las posibles mayorías.
Además, la propia dureza y la aventura de la vida de aquellos días hacían a la gente menos sensible al dolor físico de lo que lo es ahora. Sus nervios