Pero a medida que los tiempos mejoraron un poco, esta insurrección, que era, como hemos dicho, un mero asunto de hambre y no se basaba en ningún principio, se fue apagando, aunque durante un tiempo los disturbios cuyo objetivo era la destrucción de la propiedad, especialmente de las instalaciones y existencias de los fabricantes, continuaron durante toda la primera mitad del siglo. Los «disturbios de los tapones» (Plug Riots), en plena agitación cartista, pueden tomarse como ejemplo de estos131
Fue una consecuencia necesaria de la introducción de maquinaria compleja que las mujeres y los niños fueran empleados en gran medida en las fábricas para disminuir el 166 número de varones adultos.
Este recurso para el desarrollo de las ganancias del nuevo sistema fue utilizado por los fabricantes con la mayor temeridad, hasta que por fin quedó claro para el gobierno burgués que el escándalo creado por su abuso pondría fin a su uso por completo, a menos que se hiciera algo para paliar sus males inmediatos.
En consecuencia, se aprobó una serie de leyes fabriles (Factory Acts), a pesar de la resistencia más enérgica y sin escrúpulos por parte de los capitalistas, que escatimaban la pérdida inmediata resultante de obstaculizar el «próspero negocio» que llevaban entre manos, aun cuando fuera para beneficio último de su clase.
La primera de estas leyes que realmente tuvo la intención de funcionar se aprobó en 1830, y finalmente se consolidaron en 1867.
Debe entenderse que no tenían el propósito de beneficiar a la gran masa de trabajadores adultos, sino que eran más bien concesiones al clamor de los filántropos ante la condición de las mujeres y los niños así empleados.
Hay que recordar también que el conflicto político entre la pequeña nobleza rural y los industriales impuso esta reforma.