según las ideas modernas de las costumbres antiguas, era un homicidio perfectamente justificable—. Pero en una sociedad anterior no era el crimen lo que había que castigar, sino una ofensa tribal, que debía expiarse con sangre o con el precio de la sangre. Cualesquiera que fuesen los méritos de la disputa, la ética del parentesco obligaría a las gentes a las que pertenecían los hombres asesinados a continuar la venganza hasta el apaciguamiento, el cual, aun en el estado actual del texto, tiene lugar en la Odisea.
Los restos de las llamadas ciudades, como en Micenas y Tirinto, resultan ser, tras una investigación, la morada del jefe del clan, o la ciudadela, es decir, el germen de la ciudad de la civilización.
Las dos formas típicas de esta ciudad, que atravesaron un largo desarrollo muy oscuro en ciertas etapas, son Lacedemonia y Atenas. La primera conservó en su constitución una gran parte de la organización comunal, e incluso los hábitos de la sociedad de grupo, a partir de la cual había crecido.
Esto se demuestra, por un lado, en la cena común de los hombres libres y en la tendencia general de la legislación licúrgica, algunos de cuyos ejemplos han sido tan extrañamente malinterpretados por expositores posteriores, quienes vieron en ellos meras regulaciones artificiales y arbitrarias con el fin consciente de sostener el espíritu guerrero de los ciudadanos, 40 en lugar de ser, como eran, supervivencias cristalizadas de la temprana etapa de desarrollo.
Un ejemplo evidente es la conocida historia del muchacho que había robado el zorro, la cual se aduce como ilustración de la ley licúrgica que legalizaba el robo si se hacía con secreto formal, una ley que se sentía tan directamente opuesta a la institución más moderna de la propiedad privada que necesitaba una explicación evemerista, la cual, por supuesto, carece de fundamento en la realidad.