que inevitablemente surgirán cuando el hombre no esté en conflicto con su cuerpo, y no esté agotando su intelecto en un vano combate contra sus urgentes apremios.
Le será necesario, pues, como siempre, laborar para vivir, pero compartirá esa labor en proporciones equitativas con todos sus semejantes; y, por añadidura, podrá por fin sacar partido del dominio del hombre sobre la naturaleza para librarle de la mera pesadumbre del trabajo.
Lo que quede de trabajo, mediante el uso sabio de la oportunidad y la debida observación de las diversas capacidades de la humanidad, lo transformará en un ejercicio placentero de sus energías; y así, entre su descanso y su trabajo, llevará al menos una vida de felicidad, que podrá disfrutar sin reprochársela a sí mismo como una maldad; un hábito mental que, bajo las ideas éticas predominantes, ensombrece a tantos de aquellos que pueden considerarse pertenecientes a las clases más intelectuales de los sectores acomodados.
En cuanto a sus circunstancias externas, la 319 sociedad del futuro será lo suficientemente rica como para prescindir del trabajo destinado a la producción de las únicas cosas que ahora se permiten como útiles, con el fin de cultivar los aspectos decorosos de la vida, de modo que toda la manufactura se llevará a cabo de manera ordenada y limpia, y la faz de la tierra se verá embellecida y no degradada por el trabajo y la morada del hombre.
Otra tiranía será derrocada en nuestra liberación de la obligación de vivir en pueblos crecidos en exceso y superpoblados, y nuestras casas y sus alrededores serán tratados de manera razonable.
La educación dejará de aplicarse al almacenamiento fortuito de niños indispuestos y de jóvenes intensamente deseosos de hacer cualquier otra cosa antes que educarse —que solo se someten a ese proceso con el fin de progresar en sus carreras—, y se convertirá en uno de los asuntos más