exponía, se refugiaban en el mejor de los casos en el radicalismo al que estaban acostumbrados.
En resumen, el trabajador de nuestra generación, incluso siendo un político avanzado, se consideraba a sí mismo un ciudadano libre como cualquier otro hombre, y no tenía conciencia de su posición como proletario, ni de que la razón de su existencia, como obrero, era producir beneficios con su trabajo para su amo.
Su ideal (de nuevo como obrero) era un buen salario y empleo constante; es decir, lo suficiente para permitirle vivir sin demasiados problemas en una condición constante de inferioridad. Su ideal de prosperidad como individuo era convertirse en amo y extraer ganancias de sus antiguos compañeros, como el soldado francés, de quien se supone convencionalmente que lleva el bastón de mariscal en su mochila.
Esto ha cambiado tanto ahora que la masa de las clases trabajadoras está empezando a sentir su posición de esclavitud económica; ya no existe entre ellas ninguna hostilidad hacia el socialismo; y aquellos trabajadores que muestran un genuino interés por la política general están a favor de las tendencias socialistas en la medida en que las entienden; de modo que hoy en día el conferenciante socialista encuentra más bien una dificultad para suscitar oposición a sus puntos de vista, hasta que empieza a tratar los detalles.
Por otra parte, aunque la clase trabajadora está despertando a la conciencia de su condición, se muestra perezosa en la actividad política. Pero esta es, sin duda, una fase pasajera en los obreros, que se explica fácilmente por su absorción en la lucha industrial inmediata; y en este aspecto también se está avanzando sin duda. La vieja batalla entre los obreros y los fabricantes sigue librándose, necesariamente, pero está cambiando de carácter. Hay en ella menos de mera disputa entre dos partes de un contrato admitido como necesario