En Francia, las largas y cruentas guerras de las facciones borgoñona y armañac brindaron la oportunidad para la consolidación de la monarquía, llevada a cabo por fin, como se ha dicho antes, por Luis XI, el precursor del rey más exitoso de Francia y del último en serlo: Luis XIV. En Inglaterra, las Guerras de las Rosas no fueron tan cruentas como las guerras francesas, y el pueblo participó poco en ellas, salvo como vasallos o dependientes de las casas de los nobles contendientes; sin embargo, desempeñaron su papel en la disolución de la feudalidad, no solo mediante el diezmo de los nobles muertos en batalla o en el cadalso, sino también contribuyendo directamente a arrastrar a Inglaterra hacia el mercado mundial.
Bajo el sistema medieval, los obreros, oprimidos y protegidos por los señores de la baronía y los gremios, no estaban disponibles para las necesidades del comercio.
Los siervos se consumían la parte del producto que les perdonaban sus señores; los artesanos de los gremios vendían el producto de sus propias manos a sus vecinos sin la ayuda de un intermediario.
En ninguno de los dos casos 92 quedaba algo disponible para el abastecimiento de un gran mercado.
Pero Inglaterra, uno de los mejores países de pastoreo del mundo, poseía ya entonces capacidades para la extracción despiadada de beneficios, siempre y cuando se pudiera eliminar el sistema de cultivo del señorío y las parcelas de los pequeños propietarios (yeomen). Los terratenientes, arruinados por su larga guerra, vieron la demanda de lana inglesa y se dedicaron a la tarea de ayudar a la evolución con gran parte del vigor y la mezquindad sin escrúpulos que desde entonces ha ganado para su raza el dominio temporal del mercado mundial. Los arrendatarios